En Casa de Meio, una comunidad agrícola de la isla de Santo Antão, en Cabo Verde, la agroecología ha surgido como un proceso colectivo para construir resiliencia. En un territorio marcado por la sequía crónica, el acceso limitado a la tierra y la migración juvenil, se han abierto nuevos caminos mediante la combinación de organización juvenil, acceso a la tierra y al agua, energías renovables y experimentación liderada por los propios agricultores. La experiencia muestra cómo la agroecología puede fortalecer los sistemas alimentarios locales, crear oportunidades para los jóvenes y reconectar la producción, la educación y la restauración ecológica, incluso en contextos semiáridos altamente vulnerables.
En Casa de Meio, en el municipio de Porto Novo, el viento sopla casi constantemente. El suelo seco se agrieta bajo los pies y apenas hay plantas. Sin embargo, a lo largo de un cauce rocoso y aparentemente estéril, aparecen huertos, parcelas cultivadas y sistemas agroforestales emergentes. Estos signos de vida agrícola no nacieron de la abundancia, sino de la escasez y de una historia marcada por la emergencia social, las sequías recurrentes y una capacidad colectiva para transformar la vulnerabilidad en resiliencia.
La historia de Casa de Meio está profundamente vinculada a la crisis climática que ha marcado Cabo Verde a lo largo del siglo XX. Después de la independencia, en 1975, la necesidad urgente de garantizar ingresos mínimos a las poblaciones rurales llevó a la creación del programa de Obras Públicas de Alta Intensidad de Mano de Obra, conocido por su sigla portuguesa FAIMO. Este programa gubernamental de emergencia proporcionaba empleo temporal en obras públicas —como la construcción de presas, carreteras y terrazas—, ofreciendo ingresos esenciales a familias crónicamente afectadas por la sequía. Este mecanismo se convirtió en un motor de desarrollo agrícola local y, en 1994, comenzó la experiencia que acabaría convirtiéndose en Casa de Meio.
A pocos kilómetros de la ciudad de Porto Novo, existían dos pozos de agua subterránea, uno de ellos inactivo. Veintidós familias de Ribeira das Patas, que querían escapar de las duras condiciones de vida en las zonas montañosas de la isla, aceptaron el reto de asentarse allí y cultivar, con esa agua, una vasta llanura árida, barrida por el viento.

Permanecer en la tierra
El comienzo fue difícil. Los suelos eran pobres y pedregosos, trabajados a mano con azadas y puro esfuerzo físico. Hubo que construir muros, abrir caminos, instalar infraestructuras de agua y, quizá lo más desafiante de todo, gestionar colectivamente recursos escasos, especialmente el agua y la energía. En los primeros tiempos, las familias vivían en contenedores; las casas llegaron más tarde. El asentamiento de Casa de Meio nació del esfuerzo colectivo en torno a un objetivo compartido: permanecer en la tierra.
Desde el principio, la agricultura fue principalmente de base familiar. Pequeñas parcelas, trabajo manual y conocimiento agrícola práctico transmitido de padres a hijos. Este sistema garantizaba el abastecimiento alimentario de los hogares y algunos excedentes para los mercados locales, pero seguía siendo vulnerable al cambio climático, a la escasez de agua y a la fluctuación de los precios de los insumos agrícolas, especialmente en un contexto insular muy dependiente de las importaciones.
Treinta años después, Casa de Meio es un pequeño asentamiento formado en gran parte por familias jóvenes. La dimensión intergeneracional se ha vuelto central para la supervivencia de la comunidad. En generaciones anteriores, los jóvenes habían crecido en los campos junto a sus padres, absorbiendo conocimientos sobre prácticas tradicionales mientras afrontaban desde una edad temprana las exigencias físicas del trabajo agrícola. Al mismo tiempo, aumentaba la incertidumbre sobre el futuro. A medida que las parcelas familiares quedaban totalmente ocupadas y el acceso a la tierra y a la vivienda se hacía más limitado, la migración hacia centros urbanos, otras islas o el extranjero se convirtió en una opción real.
Una lección clave de este período es clara: sin acceso a la tierra, al agua y a condiciones agrícolas dignas, la juventud rural abandonará la agricultura, independientemente de sus vínculos culturales con ella.
Hacer crecer una fuerza juvenil colectiva
Fue en este contexto cuando la colaboración entre la comunidad, el municipio local y organizaciones de la sociedad civil abrió nuevas posibilidades. En 2012, bajo el nombre Cultivá Bô Tchôn —“Cultiva tu tierra”—, se creó un centro de experimentación y demostración agrícola y ambiental, con el apoyo de la Asociación de Defensa del Patrimonio de Mértola. Este centro introdujo nuevos conocimientos y capacidades entre los miembros de la comunidad, especialmente entre los jóvenes: energías renovables para el bombeo de agua, prácticas agroecológicas centradas en la conservación del suelo y estrategias de adaptación climática.
Más que ofrecer un conjunto de herramientas y técnicas, este centro se convirtió en un espacio de aprendizaje práctico y experimentación. No todo funcionó desde el principio. Algunos cultivos fracasaron por su escasa adaptación a las condiciones locales de suelo y clima, y la gestión colectiva de los equipos requirió tiempo, diálogo y resolución de conflictos. Aun así, el proceso fue crucial para ayudar a los jóvenes agricultores a reconocer la agroecología como una oportunidad real de futuro en su territorio.
De este proceso surgió el grupo que hoy se conoce como la Asociación de Jóvenes Agricultores de Casa de Meio, AJACM. Por primera vez, los jóvenes se organizaron como una fuerza colectiva, capaz de formular propuestas, negociar apoyos y gestionar recursos compartidos.
En 2017, los Jóvenes Agricultores de Casa de Meio propusieron una iniciativa mediante la cual 47 jóvenes pudieron acceder a tierras e infraestructuras agrícolas, incluidos sistemas de suministro de agua, bombas alimentadas con energía solar y un centro de procesamiento de alimentos. El objetivo era claro: crear condiciones concretas para el autoempleo en la agricultura y hacer que el sector resultara más atractivo para las generaciones jóvenes, fortaleciendo el vínculo entre producción, transformación y mercados.
Un laboratorio vivo
La pandemia de COVID-19 en 2020 expuso profundas vulnerabilidades en los sistemas alimentarios de Cabo Verde. Las restricciones a la movilidad y el aumento de los precios de los alimentos importados golpearon con especial dureza a los territorios más dependientes del exterior. En Santo Antão, y especialmente en Casa de Meio, la diversidad de la producción agrícola y la proximidad entre producción y consumo resultaron decisivas. La autonomía alimentaria dejó de ser un concepto abstracto para convertirse en una condición vivida de resiliencia.
A partir de 2021, Casa de Meio se convirtió cada vez más en un laboratorio vivo para la transición agroecológica. Los proyectos desarrollados en colaboración con organizaciones locales e internacionales ayudaron a consolidar prácticas adaptadas a las condiciones semiáridas, fortaleciendo los vínculos entre producción agrícola, conservación ecológica y resiliencia climática.

El intercambio de conocimientos a través de iniciativas y proyectos como “Soluciones agroecológicas para una agricultura resiliente en África Occidental” —CIRAWA— animó a los jóvenes agricultores a invertir en la producción de compost orgánico, biofertilizantes y pienso animal granulado; a diversificar cultivos adecuados a las condiciones locales; y a desarrollar sistemas agroforestales. Estas prácticas se comparten con agricultores vecinos, y la AJACM proporciona apoyo técnico, plántulas procedentes de viveros comunitarios y maquinaria para la gestión de los campos.
Más recientemente, se han plantado cortavientos alrededor del perímetro de la comunidad para reducir la evaporación, aumentar la biodiversidad y mejorar la producción de materia orgánica y forraje. También se ha establecido un nuevo espacio comunitario para el manejo poscosecha y el almacenamiento de hortalizas, reforzando aún más la integración entre producción, transformación y gestión sostenible de los recursos compartidos.
Aulas al aire libre
Pero la agroecología en Casa de Meio va más allá de la agricultura. La dimensión educativa se ha convertido en parte integral del trabajo diario de la asociación juvenil. Las escuelas visitan regularmente los campos y viveros, convirtiendo los espacios productivos en aulas al aire libre. Para muchos niños, estas actividades representan su primera experiencia consciente de cuidado de la tierra como bien común. Como parte de los esfuerzos para conservar la flora endémica, se cultivan localmente especies nativas y se plantan junto con las comunidades escolares, restaurando la biodiversidad y construyendo una conexión tangible entre la conservación ecológica y los sistemas agrícolas.
El aprendizaje también se extiende a los propios agricultores. Las sesiones de formación en sistemas agroforestales, economía rural, producción de biopesticidas y construcción de invernaderos con materiales reutilizados se realizan en forma de encuentros regulares de agricultores de toda la isla. Se comparten errores, éxitos y dudas. Los jóvenes prueban nuevas ideas. Se construye confianza. El aprendizaje ocurre colectivamente.
Entre niños que aprenden a plantar y agricultores que siguen aprendiendo a observar, experimentar y cooperar, Casa de Meio está tejiendo un conocimiento arraigado en el territorio: un conocimiento que conecta personas, suelo y comunidad, y sostiene la esperanza de un futuro compartido.
Hoy, los agricultores de Casa de Meio reconocen que siguen existiendo muchos desafíos: escasez de agua, cambio climático, dependencia de insumos externos, falta de mano de obra y mercados que infravaloran la producción local. Sin embargo, existe una visión compartida de futuro. La formación continua, la combinación de conocimientos tradicionales y científicos, y el fortalecimiento de las organizaciones locales se consideran vías fundamentales para avanzar.
En Casa de Meio, la agroecología ya no es solo un conjunto de técnicas. Se ha convertido en una pedagogía viva y en un proceso colectivo de construcción de resiliencia, en el que los jóvenes asumen el liderazgo. En un territorio marcado por la incertidumbre climática, destaca una convicción: cuidar la tierra hoy es la mejor garantía para mañana.
Autores: Amilton Ary Lopes, de 34 años, es de la isla de Santo Antão. Es biólogo y técnico regional de agroecología en la Asociación de Defensa del Patrimonio de Mértola, delegación de Cabo Verde. David Monteiro Fonseca, de 40 años, es de la comunidad de Casa de Meio. Es agrónomo y agricultor, y actualmente ejerce como presidente de la AJACM, Asociación de Jóvenes Agricultores de Casa de Meio. Miguel Carvalho Ribeiro, de 32 años, es biólogo y consultor en agroecología, agricultura regenerativa, gestión forestal sostenible y restauración de ecosistemas. Contacto: adpmcirawa@gmail.com
Este artículo forma parte del Número 4-2026: La juventud liderando el camino en la agroecología.